3. La teología sagrada: su objeto y razón formal

Curso de Teología [1º] (1999-2000) Introducción a la teología (3)

3. La teología sagrada: su objeto y razón formal (Barcelona 4.XI.1999)

Santo Tomás de Aquino (1225-1274)

Santo Tomás de Aquino (1225-1274)

La teología sagrada, generada en la tarea de los Santos Padres en la búsqueda de la “inteligencia de la fe” y de la defensa de la misma contra los judíos y los herejes, alcanzó,  en los grandes doctores escolásticos, a constituirse como una ciencia.

Aunque heterogénea en su subiectum, es decir, su contenido u “objeto material”, y en su formalidad cognoscitiva, que es la ratio revelati, respecto de las ciencias de orden natural, es analógica con las mismas en los caracteres de racionalidad argumentativa por la que, a partir de principios ciertos se alcanzan conclusiones “demostradas”.

Esta tarea ha sido realizada en la Iglesia, y ha sido aprobada y alabada por ella, que incluso ha desautorizado reiteradamente las posiciones que, a lo largo de los siglos, la han acusado como conducente por sí misma a la debilitación de la fe y de la vida cristiana, y ha proclamado su estima por los “santísimos varones y doctores que cultivaron la escolástica con un bien muy grande para la religión católica” (DS 2676).

Para que la teología sea auténticamente este saber racional al servicio de la fe, y para que a partir de ella pueda alcanzar, en el orden de la doctrina y en el orden práctico -la teología sagrada es una, e incluye a la vez la vertiente especulativa y la práctica, a diferencia de las ciencias de orden humano- a conclusiones que sirvan a la vida cristiana, el teólogo, ha de ser consciente de su naturaleza y de su finalidad, y para ello, y para no desorientarse radicalmente en su método, ha de atender primeramente a la naturaleza de sus principios, desde los que se constituye su horizonte cognoscitivo y sobre cuyo fundamento puede edificar el teólogo “como sabio arquitecto”, si verdaderamente el saber teológico ha de servir a la vida cristiana.

La teología sólo puede ser ciencia y sabiduría (S.Th. Iª, q. Iª, artículos 2º a 6º) si respeta su contenido propio y la formalidad en que le es conocido.

Sólo Dios es el subiectum de la teología, y si se habla con frecuencia de ella añadiéndole términos a modo de “genitivos” que parecen especializarla y fragmentarla no habría que olvidar nunca lo que afirmó Santo Tomás de Aquino:

“Todas las cosas se tratan en la doctrina sagrada contempladas desde la perspectiva de Dios” (sub ratione Dei), o porque son Dios mismo o porque dicen orden a Dios como a su principio y su fin. De lo que se sigue que Dios es verdaderamente el “sujeto” de esta ciencia” (S.Th., Iª, q. 6 in c.).

Dios es “objeto” de la teología sagrada “en cuanto revelado”. La teología, que ha de utilizar a modo de instrumentos conceptos filosóficos y experiencias sociales e históricas, no se constituye como tal sino desde la fe teologal, a cuyo servicio está, y en cuyo horizonte y ambiente ha de moverse siempre.

Porque la teología trata de Dios solo, y bajo la razón de revelado tiene como a sus “principios” preconocidos “lo creído como revelado por Dios”, los artículos de la fe:

“Así como algunas ciencias parten de principios conocidos por la luz natural del entendimiento, la doctrina sagrada es ciencia porque procede de principios conocidos por la luz de una ciencia superior, a saber la de Dios y los bienaventurados por lo que la doctrina sagrada cree los principios que le son revelados por Dios” (S.Th. Iª, q. 1, artº 2º in c.).

Subrayemos esta comprensión “sintética”, no como conciliación de opuestos sino como respeto de lo que es uno y no debe ser escindido inadecuadamente. Lo creído como revelado es el principio de la ciencia teológica, porque el teólogo cree.

Así pues, sólo son propiamente principios de la teología sagrada todas aquellas verdades que deben ser creídas con fe divina y católica:

“Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son enseñadas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, sea por solemne juicio, sea por su ordinario y universal magisterio (Concilio Vaticano I. “Dei Filius”. Cap. 3; DS 3011).

El edificio de la teología no tiene por principios propiamente dichos ni siquiera aquellas verdades ciertas que el magisterio eclesiástico enseña definitivamente por su conexión con la fe y con la vida cristiana, aunque no sean divinamente reveladas o no se propongan como tales (las que en el Motu proprio Ad tuendam fidem de 18 de mayo de 1998 se caracterizan como constituyendo un segundo orden de verdades enseñadas infaliblemente por el magisterio), sino sólo precisamente lo que pertenece al dato revelado, contenido en al Sagrada Escritura o en la Tradición apostólica y como tal propuesto por el Magisterio, que es el órgano vivo y permanente por el que nos llega la tradición apostólica y se nos da la interpretación auténtica de la Sagrada Escritura.

Puede reconocerse como una distinción conceptual y distinguirse históricamente en el desarrollo progresivo, homogéneo de la fe católica, entre el dato revelado, que la misma teología, en su función positiva ha de hallar en las fuentes por las que nos llega la palabra revelada, y el dogma en cuanto enseñanza autorizada e infalible del Magisterio. Pero el teólogo católico nunca podrá admitir que el lenguaje dogmático de la Iglesia haya deformado la Palabra de Dios, y no la haya expresado fielmente y sin contaminación de errores humanos.